
Autor: Napoleón Camacho
A veces, el pasado no es un tiempo que quedó atrás, sino un espacio físico que espera ser habitado de nuevo. Basta un destello de luz sobre el asfalto o el peso de una tarde calurosa bajo un cielo despejado para que las puertas del ayer se abran de par en par. En esos momentos, una brisa suave nos acaricia el rostro y nos invita a caminar otra vez sobre las huellas de lo que fuimos.
Hacia mediados del siglo pasado, era común que las familias heredaran no solo apellidos, sino también el sustento y la identidad a través de la artesanía y el comercio. Se vivía de lo que se sabía hacer con las manos: estaban quienes trabajaban la tierra, los dueños de bodegas y aquellas mujeres que lavaban y planchaban «ropa ajena». Eran destrezas que pasaban de padres a hijos como un tesoro familiar.
En este escenario de tradiciones, en la intersección de la Sexta Avenida con Calle 7, se erigía la casa de la familia Chirinos. Frente a ellos vivían sus vecinos, Daniel López ,oriundo de Aroa y, su esposa Carmen Teresa Rocha, testigos del movimiento de aquel hogar que era, en realidad, una factoría de nostalgia. Los Chirinos eran los artesanos detrás de los dulces criollos más exquisitos; el alma de su hogar era un viejo horno de barro en el patio que, para los años sesenta, ya sumaba cuarenta años de labor. Allí nacía el legendario «pavito».
Aquel patio lindaba con la vieja casona del Colegio Fray Luis Amigó. La salida de clases era un desfile de uniformes hacia la pequeña puertica de la Calle 7. El patio era un refugio: el aroma del árbol de hicaco, las mandarinas y guayabas se mezclaban con el olor de la leña y el papelón derritiéndose. Ir a lo de los Chirinos era una expedición al corazón de la tradición, donde el «pavito» dorado y tibio se sentía en el paladar como un pedazo de historia.
Pero la vida del barrio no terminaba en ese bocado dulce. Apenas a media cuadra por la misma Calle 7, subiendo, vivía la familia Monrroy, en diagonal a la sede de las Obras Públicas del Estado. Dicha sede tenía su frente con una casa propiedad de Amalia de Niño, donde funcionó una Biblioteca Pública; su vecina inmediata eran las ruinas del Hotel Napole, el cual sucumbió ante un feroz incendio de madrugada que lo destruyó en cuestión de horas.
Pasado el tiempo, tras derrumbarse los restos de la edificación, el espacio fue aprovechado por los «zagaletones» para jugar sendas partidas de béisbol, con rayado y almohadillas fabricadas por Carlos Parra. En su momento, aquel solar se convirtió en el punto de encuentro de los muchachos del sector, quienes, al terminar los juegos de la tarde, solían disfrutar de una Pepsi-Cola y un Susy en «La Casa María».
La Casa María no era solo un taller de costura y mercería para damas; era también el rincón preferido de los niños por sus chucherías. Estaba en la Quinta Avenida, entre la casa de la familia de Amalia de Niño y la entrañable bodega del señor Lucena.
Doña María era una mujer de baja estatura y contextura gruesa que vestía de negro permanentemente, pero gozaba de gran fama por vender el refresco más frío de toda la cuadra. La algarabía era tal que las madres que asistían a consulta con sus niños donde el Dr. Nicolás Capdevielle se levantaban de sus asientos ante el alboroto. Mientras tanto, las familias Capdevielle, Madán, Castillo, Azoca y Parra, junto a toda su prole, mantenían el bullicio habitual en aquel improvisado cuadro de béisbol.
Aquellos encuentros no solo servían para calmar la sed tras el ruido fuerte del juego, sino que tejieron los hilos de una camaradería imborrable. Entre el crujir de las galletas Susy y los «pavitos» de los Chirinos, entre las anécdotas de los jonrones que rozaban las viejas paredes de la Biblioteca Pública y el calor del horno de barro, se nos iba la infancia.
Hoy, aunque el horno se haya enfriado y las voces de la Sexta Avenida hayan cambiado de tono, esos sabores y sonidos sobreviven en la memoria colectiva. Porque hay recuerdos que no pertenecen a la cronología, sino al afecto. Al recordar la Calle 7, entendemos que la verdadera herencia fue la certeza de que la felicidad tenía el aroma del azúcar quemada, el frío de una botella de vidrio y el calor de un barrio que nunca terminaba de apagarse.
Al final, la Calle 7 no es solo una referencia de aquel pueblo que hoy crece, sino el patio de recreo donde todavía corre nuestra inocencia. Aunque las vitrinas de La Casa María se hayan oscurecido y el Dr. Capdevielle ya no reciba pacientes, basta cerrar los ojos para escuchar el «clic» de una chapa de Pepsi-Cola abriéndose. Porque mientras alguien recuerde el sabor de un «pavito»tibio, la infancia no será un tiempo perdido, sino una luz que se queda encendida para siempre, esperando nuestro regreso.




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