Tiempo Duplicado. Un Reloj sin Horas en la Memoria.

 

Yaracuy-Héctor González-26081 

Por: Napoleón Camacho.

​Era el final de los años sesenta del siglo pasado; el año en que Neil Armstrong rompía con la inocencia de la Luna y, en nombre de toda la humanidad, le devolvía los aretes que algún atrevido escondió en el fondo del mar y ningún poeta logró encontrar. Desde entonces, ella luce radiante con tan bellas alhajas. ​Mientras tanto, en la calle 13 de este pueblo, íngrima y sola, donde todo estaba como cronometrado, a las 4:00 p.m. bajaba de su casa el siempre peón de don Carlos Bazán: el muy conocido “Cachicamo”. Iba a visitar a “Cheché” Bazán, hijo de su patrón y trabajador de la hacienda experimental “La Cumaca”, adscrita a la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela.

​El Cachicamo, bañado y con ropa limpia y bien planchada, caminaba calle abajo luciendo en su muñeca un Seiko “cebolla” grande que le hacía colgar el brazo por el peso. Su primera estación era el bar “Caja de Agua” de don Aquilino Rey, a quien saludaba todas las tardes. Su segunda parada era la venta de refrescos y chucherías de Lolo Perdomo, ubicada en el edificio del Hotel Felimar, propiedad de Felicia de Martínez, justo al lado de la familia Seguerit.

Lolo, cada vez que lo veía pasar, le preguntaba la hora. El astuto Cachicamo, que no sabía leer el reloj, alzaba la vista, lo miraba con seriedad y caminaba hacia él diciéndole:

¡Na’ guará, Lolo! ¡Está malo mi reloj… mátate por tu propia vista! ​Así salía del compromiso y Lolo, conociendo la situación, se reía de la «cachicamera» astucia de Luis Salcedo, su nombre de pila.

​Al mismo tiempo, pero en la avenida 10, estaba Pedro Cortez, hombre de baja estatura y mirada sigilosa. Dicen los cultores orales del barrio Caja de Agua que fue el albañil quien construyó la Capilla Jesús en el Huerto, ubicada en la calle 12. Adicto al alcohol, vivía en unos galpones en mal estado que la gente atribuía a la propiedad del Dr. Valbuena, frente a su antiguo hogar formado con Amalia Cortez. Los amigos y «jodedores» del barrio le preguntaban:

​¿Y… quién se comió la carne?
¡Pedro Cortez! contestaba él.

​Otro que tenía su bitácora clara para el día era Rafaelito Freites, quien sufrió un accidente de automóvil que lo dejó en silla de ruedas. Sus amigos lo buscaban para llevarlo a las tertulias de la “partida” en la esquina de “La Luz Eléctrica” (ubicada donde hoy funciona Farmatodo La Patria). Más tarde, disfrutaban del exquisito ron y la buena música en el bar “Punta Brava”, atendido por Víctor Enríquez, hermano del famoso Dámaso Enríquez, dueño de un bar en la Av. 9 con calle 1 en el barrio Zumuco, llamado “Dámaso”. Ambos eran oriundos del apacible pueblo de Palito Blanco. Allí pasaban las horas complementando las conversaciones traídas de la famosa esquina.​Al entrar al bar, se podía ver al lado de la rockola a Gige Arena, Freddy Gómez y a Rafaelito, siempre bien vestido con su chaqueta y su infaltable boquilla negra, donde colocaba su cigarrillo marca Lido para evitar el paso de nicotina a los pulmones.

​Los días de San Felipe pasaban acompañados de la solemnidad de su soledad. Por la mañana, en la plaza del mercado, descansaban los compradores del Mercado Municipal y los integrantes de la “partida” de esta plaza, incluido don Teófilo Domínguez (hoy epónimo de la misma), quienes todos los días se daban cita para su peculiar conversación. Subiendo se encontraba la oficina del Ministerio de Hacienda (Rentas Nacionales) y Renta de Licores, gerenciada por la gloria del béisbol yaracuyano, el guameño Elbano Miralles, con su particular sombrerito al frente la Escuela «Alberto Ravell». A dos cuadras más arriba estaba el Destacamento 45 de la Guardia Nacional, pendiente de la seguridad del estado, como vecino estaba el bueno del profesor Rafael Longobardi, en su loable labor en el recordado liceo LEER.

​Se terminaba la construcción de la infraestructura de la Clínica de Especialidades, en la Av. 9 con calle 16, donde los estudiantes del sector, aprovechando la claridad de su alumbrado, acudían en las madrugadas a estudiar. Muy cerca de allí, la bella María Maduro apuraba el paso con su trabajo de elaboración artesanal de coronas en papel crepé para venderlas el día de los Fieles Difuntos.

​Las familias Alvarado, Bellorín y Medina, por las noches, escuchaban sentadas frente a sus casas el sonar de las bolas criollas y de las piedras de dominó del club Gráficos de Yaracuy. En la calle 14 con Av. 9, los muchachos pasaban las tardes jugando «chapitas», partidas que se prolongaban hasta las 7:00 de la noche.
Los recién llegados de Chivacoa, los Viñales, compartían conversación con sus vecinas Escolástica y Margarita Goyo, quienes vivían al lado de la recordada casa de los “Casquillos”, mientras se dejaba oír la música de la rockola del club Los Ranchos, en la calle 12.

​A lo lejos hacía su aparición una «muralla humana» caminando por el centro de la calle, era José Gregorio Alvarado, vistiendo pantalones de poliéster o casimir en le bolsillo de atrás una cartera de Cocuy Leal y la camisa mal abrochada, vociferando improperios. En la calle 13 estaba Enma, con su radio de plástico a baterías y sus fustanes, dispuesta a subir si alguien le ofrecía un «medio» (moneda de 25 céntimos). Entre tanto, el Maestro Perdomo, junto a Pópula, su bella esposa, en la tranquilidad de su hogar y junto a su familia, elaboraban las exquisitas conservas de martinicas.

​Esto era San Felipe: donde reinaba la tranquilidad y la paciencia, y donde todos tenían tiempo para cumplir su propia agenda con su bitácora diaria.

Hector Gonzalez
Hector Gonzalez

Periodista (C.N.P: 26.081) y Locutor profesional certificado, con una sólida trayectoria en medios digitales y radiofónicos.

Se desempeña como director de la emisora web Rumbas y Sabor y del periódico digital NoticiasHG360.rumbasysabor.net, plataformas que integran información, entretenimiento y cultura con un estilo dinámico y cercano a la audiencia.

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