Tiempo Duplicado
El Bosque del Vecino
Por: Napoleón Camacho.
Hay despertares que parecen reconciliarnos con la vida. Tras el largo letargo de las sombras y el frío, el mundo decide revelarse de nuevo ante nosotros con una claridad absoluta, como si cada rincón de la tierra hubiera sido lavado para estrenar un nuevo comienzo. En ese instante de calma, la mirada se vuelve gratitud y el corazón se dispone a observar el milagro de lo sencillo.
Después de varios días de lluvia, cielo nublado y gris, llegó el esperado sol en un firmamento azul que se extendía ante la vista como un regalo de Dios. No había nubes; el azul del cielo era lo único que se divisaba en lo alto. Al fondo, el cerro exhibía sus mejores terciopelos, con verdes intensos que a veces tornaban a azulados, mientras algunos puntos negros se dejaban ver con su acostumbrada danza en círculos: eran los zamuros determinando desde el espacio dónde había que limpiar. Bajo mi mirada, en el garaje de mi casa, veo muy alegres a los pajaritos que llaman «arroceros», cuando se acercan a las rejas negras, su plumaje amarillo se confunde con el sol; revolotean y caminan en busca del arroz que cada día doña Nilsa esparce en el piso, con la esperanza de verlos en bandada, como un espectáculo que solo la madre naturaleza nos regala.
La mañana transcurre agradable, con un clima envidiable; el sol, a pesar de estar pleno, no castiga con sus rayos. Sentado en el porche, atalaya de mi convalecencia, miro a través de las rejas del portón y veo que el araguaney, que en esos días lluviosos se desnudó de su follaje, ahora se engalana con capullos amarillos que invitan a vivir, adornando la cuadra desde el patio trasero del vecino.
El solar del vecino de enfrente es uno de los más grandes de la urbanización, ya que era un terreno que por años estuvo abandonado y, acertadamente, se lo compró al ente gubernamental. Es un espacio donde hoy día hay sembrados árboles y donde viven guacamayas y loros. Sus árboles frutales brindan sustento a la gran variedad de aves que llegan por la mañana con su canto alegre, regalándonos bellas melodías que nos hacen sentir en un bosque urbano. Cuando llega el ocaso y el sol, con sus débiles rayos, acaricia la tranquilidad y el silencio de la tarde, es cuando llegan los comensales al árbol de guayaba que, gentilmente, presta sus ramas para que los pájaros disfruten de sus exquisitos frutos.
Mientras tanto, desde el otro extremo de la calle, sentado cómodamente en el porche de mi casa, observo este hermoso episodio donde la naturaleza es la protagonista. De pronto, se oyen los pregones de un vendedor:
¡Llevo las cachapas y las hallaquitas de jojotos!
Para mi sorpresa, era mi amigo «Chico Peralta», de la zona de Guararute, uno de los vendedores de Ismeda Rodríguez, conocida por sus amigos como «La Niña» del pueblo de Los Colorados, quien las elabora para la venta. Sigo observando ese árbol de guayaba que está escondido tras la caoba y el imponente araguaney, sumando hermosura a este patio que protege tanto lo vegetal como lo animal, y que nos enseña a vivir en armonía.
El sol se oculta tras la montaña en el horizonte occidental, iluminando con sus agonizantes rayos las flores del araguaney, que contempla con serenidad la despedida del astro rey. Las inmensas guayabas cuelgan de sus ramas, tentando al cristofué que no interrumpe su canto desde la caoba. Esta última mueve sus músculos vegetales, permitiendo que corra una suave brisa que me acaricia el rostro, mientras, un poco más allá, el azulejo surca el cielo con elegancia. Poco a poco, el amarillo encendido del araguaney se funde con las sombras alargadas que empiezan a reclamar la tierra. El bullicio de las aves cede su lugar al murmullo de los grillos y el aire, ahora más fresco, arrastra consigo el aroma dulce de la fruta madura. En este rincón del mundo, el tiempo parece detenerse, permitiendo que la paz de la naturaleza se asiente en el espíritu antes de que la primera estrella reclame su lugar en el firmamento.
Llega la noche y los protagonistas cambian. Comienza el regreso a casa: la entrada de la urbanización se vuelve el punto más concurrido, donde cientos de habitantes reflejan en sus rostros el cansancio acumulado de la jornada laboral. Mientras tanto, la oscuridad devora el bosque urbano, aquel que hace apenas unas horas vibraba con colores imponentes y el trinar de los pájaros que ahora reposan, esperando la mañana siguiente para reanudar este maravilloso y mágico espectáculo.Poco a poco, el bullicio de los motores y los pasos apresurados se disuelven en el silencio de los hogares, y las luces de las ventanas se encienden como estrellas terrestres, recordándonos que, aunque el día termine con agotamiento, la ciudad solo descansa para recuperar el aliento. En ese rincón donde el asfalto se rinde ante los árboles, reina una paz expectante; un breve intermedio antes de que el primer rayo de sol despierte, una vez más, la vida entre las ramas.
Foto: Tania Morales.




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