Tiempo Duplicado: La casa del tiempo detenido

Por: Napoleón Camacho.

​Hay lugares que no se rigen por el calendario, sino por los latidos de la memoria. Aquella tarde de sol ardiente y cielo despejado, el silencio lo inundaba todo. Mis pensamientos corrían libres por el recuerdo, sin frenos, como si estuviera rebobinando una película donde todo se sentía tan vívido como la vida misma: el pueblo, los bosques, los ríos y aquellas calles largas y tristes que conducían a nuestro refugio.

​Atravesar el zaguán se sentía como un viaje al pasado. El portón, con su hoja ancha y alta evocando las puertas del cielo, custodiaba el recuerdo de los visitantes; era el umbral hacia los corredores de paz y hacia la belleza eterna de sus patios, donde el susurro del viento entre las plantas parecía detener el reloj para siempre. El aire allí siempre se sentía unos grados más fresco, cargado con ese olor a penumbra y a historia que tienen estas casas viejas. Sus paredes altas parecían absorber el ruido de la calle, filtrándolo hasta convertirlo en un murmullo lejano donde el tiempo no corría, sino que reposaba a la sombra de los helechos.

​Apareció entonces la vieja casona, mágica y custodia de nuestros sueños infantiles. La recordé con sus corredores largos, sus columnas firmes y ese techo de madera y tejas que bordeaba el patio central, escenario de fiestas que parecían interminables. Allí seguían el hicaco y el mandarino, donde los pájaros montaban su espectáculo al amanecer. Al fondo, la verberia derrochaba hermosura junto a las rosas rojas, que permanecían siempre frescas, conservando todavía el aroma de las manos de Petra Aurora Medina. Ella, la inolvidable abuela, ave trigueña que voló al infinito, dejó abierta una herida de amor que aún hoy se resiste a cerrar.

​Lolo, como la llamábamos cariñosamente, era una amante devota de los loros. Tenía muchos, cada uno bautizado con su propio nombre. Lolo no solo los cuidaba; conversaba con ellos como quien comparte secretos con viejos confidentes. Había una ceremonia diaria en el patio: ella, menuda y serena, picando trozos de fruta mientras los loros, desde sus listones de madera, aguardaban con un aleteo impaciente. Estaba «Coquito», el más veterano, que anunciaba las visitas con un grito ronco antes de que sonara el timbre, y «Cuca», que imitaba a la perfección la risa de Xiomara, mi bella hermana. En ese coro de plumas verdes y amarillas, la voz de la abuela era el hilo conductor, una melodía suave que logró que el alboroto de las aves se transformara en una sinfonía de bienvenida. En sus ojos se reflejaba la paz de quien ha construido un hogar con retazos de ternura y paciencia.

​A Lolo le gustaba sentarse en los ventanales que daban frente a los talleres de la Imprenta del Estado. Desde aquel rincón privilegiado, el tiempo parecía detenerse entre el aroma a tinta fresca y el sonido rítmico de las prensas que escapaba por las puertas abiertas de la imprenta. Lolo observaba el ir y venir de los transeúntes, quienes caminaban apresurados bajo el sol de la tarde, ajenos a la calma que ella disfrutaba tras la celosía. Aquel cruce de calles no era solo el corazón geográfico del lugar, sino el escenario donde latía la vida cotidiana de un pueblo que se negaba a perder su pausa. Para ella, esos ventanales eran mucho más que un simple mirador; eran la frontera entre su mundo interior y la calma histórica del pueblo. Allí, refugiada en la penumbra de la sala y con la mirada fija en las casonas emblemáticas que rodeaban la plaza, Lolo encontraba la paz necesaria para entender que, mientras la imprenta siguiera registrando historias en papel, el alma del pueblo permanecería intacta.

​En aquellos corredores custodiados por fuentes de fantasía, que se extendían por cada rincón de la solariega casa, aún creía percibir el rítmico sonar de los tacones de mi madre, quien por su forma de caminar hacía resaltar su elegante forma de vestir. Su voz, siempre dulce, se alzaba en el aire como un canto de amor eterno. Ella solía buscar el descanso en su viejo mecedor, dejándose envolver por la natural polifonía de las aves y el alegre alboroto de los loros que, entre el vaivén y la brisa, parecían arrullar sus pensamientos más profundos.

​El solar trasero estaba adornado por limoneros y aguacates; allí convivían el pan de palo, las peritas y el naranjo, junto a un animado gallinero. Todo este bosque familiar se alzaba, sorprendentemente, a tan solo media cuadra de la Plaza Bolívar. Aquel rincón era un pulmón secreto en medio del pueblo, un refugio donde el aroma del azahar y el canto matutino del gallo daban con alegría la bienvenida al nuevo día. Era, en esencia, un pedazo de campo capturado en el corazón del pueblo, donde el tiempo parecía detenerse entre el verdor de sus ramas.

​Es lamentable que el tiempo, en una de sus travesuras, dejara caer todo su peso. La vieja casa del tiempo detenido, que por años estuvo ubicada en la Sexta Avenida, entre calles 8 y 9 de San Felipe, sucumbió sin misericordia ante las escaramuzas de quien rige el destino. Ahora, solo queda erguida, como una atalaya de tinta y papel, la antigua Imprenta del Estado; ese lugar donde se cumplen los deberes oficiales, pero que todavía se preserva como recinto sagrado de poetas y escritores.

​El tiempo parece haberse detenido en aquellos rincones, pero el presente nos llama de vuelta con su paso inevitable. Sin embargo, mientras el sol siga calentando las tejas de la vieja casona en mi mente, esos recuerdos no serán solo pasado, sino un refugio vivo al que puedo volver para encontrarme conmigo mismo. Hoy, al cerrar los ojos, todavía escucho el eco de las risas y el rastro de ese perfume a rosas y tierra mojada, recordándome que, aunque las personas se marchen, su esencia se queda tatuada en las paredes del alma.

Hector Gonzalez
Hector Gonzalez

Periodista (C.N.P: 26.081) y Locutor profesional certificado, con una sólida trayectoria en medios digitales y radiofónicos.

Se desempeña como director de la emisora web Rumbas y Sabor y del periódico digital NoticiasHG360.rumbasysabor.net, plataformas que integran información, entretenimiento y cultura con un estilo dinámico y cercano a la audiencia.

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